La mecha de mis venas me llevó a la orilla.



La cerradura en la acera es un puñado de flores rojas y la llave son mis manos.

Freno en seco, pienso en coger la cámara.Tras el sueño y la sorpresa: la sonrisa.

Veo gritos de poesía en la avenida.

Al tocarlas todo a mi alrededor se paraliza, se congela sin dolor.

Suspendido en un hipo, espera una resolución, un cambio de filtro a un color más amable, más rabioso.

Recuerdos estenopéicos. El corazón roto de Kieślowski.

Siento mis tacones como zapatillas de andar por casa. El abrigo negro se vuelve pijama.



Y juro,

juro,

que en ese instante: cambio de talla.



Ahora las flores rojas son mi regazo y tras mis pasos dejo un rastro de pétalos.

Para no perderme y celebrar cada pieza del puzzle.

Para disfrutar las espirales.

Para negar el ridículo y prender mecha en mis venas, camino del océano.

Y para que él me encuentre.



Espero, con la ingenuidad de una niña vieja y la convicción en mis heridas tintadas, que el viento no arrastre:

ni a los pájaros de montaña,

ni la tinta de mis venas.




SK