Une cage aux barreaux invisibles




Hace unos días mi cerebro se paró.

Collapsus.

Mi boca quedó seca y arrastró un sabor a tierra. 
La vista se nubló y quedé a oscuras. Totalmente a oscuras: encerrada en una jaula intangible e innombrable.





Mis ojos gritaron.

Mi lengua, muerta.





El temor más feroz en el ánimo del amigo que me dio agua, mojó mi pelo, me abrazó y gritó.




Una gota en el desierto, una luz pequeñita alojada en algún pliegue de mi cerebro se mantuvo encendida como una luciérnaga y susurró:

Dale la vuelta, come sus barrotes, devora tu jaula. Expúlsala”.

Y regresé.

Regresé del frío y la ceguera.






Hace unos días mi cerebro se paró.

“Me dio un chungo”, digo ahora y entonces mi sonrisa se tuerce, porque salí huyendo de la casa. Salí huyendo de algo que estaba dentro de mí misma, alojado detrás de mis ojos, más allá de las pestañas, globo ocular y retina.

Asesino escondido bajo el cobre del pelo.





¿Sobrestimulación neuronal? 
¿Vértebras desordenadas? 
 ¿Hipersensibilidad? 


Ni lo sé, ni quiero. No voy a olvidarlo, ¿cómo podría? 
Jamás tuve vocación de prisionera y siempre me ha gustado clavar el trapo en lo más alto.




Ahora más que nunca sé que mi alma no está en mi cerebro.


SK