
Tyr se ha sentado en mi mesa.
Le he dicho que se relaje: que mi lobo no muerde si no se me acerca cruzado.
Hoy me escucha tranquilo y ofrece la calma tras el combate.
Palabras sabias que hablan de paciencia, ritmo y medida.
Después he conseguido que duerma una siesta y deje de sentir viva la mano que le falta.
Me gusta verle dormir y tratar de leer en su pecho y la respiración, cada historia, cada lucha, cada victoria.
Parece demasiado cansado, duda si hacer lo que hace y ha olvidado el motivo.
Pestañeos involuntarios y pequeñas sacudidas que van desapareciendo a medida que va dejando de ser quien es y se convierte en un niño de apenas tres años.
Porque Tyr también tiene edad.
Le miro dormido y sé que yo sí puedo, porque los músculos pesan y yo tengo alma de pez o de pájaro.
Yo, tan pequeña y grande,
gritaría y vendrían invisibles a por su enemigo:
sus armas se volverían contra éste y la cabellera rancia caería inerte sobre el suelo de pizarra del cuarto.
Después, caricias en tierra extraña y como siempre, en casa.
Mañana será otro día: saludaremos sonriendo a una nueva batalla,
después del desayuno.
SK