
arakaji
Tengo las señales de mi nuca al rojo vivo y se aplacan con lágrimas derramadas por aquellos habitantes.
En vez de calmarse, escupen vapor de azufre.
Él es una estatua de piedra a tamaño real, caliente al sol, que cobró vida y se tumbó a mi lado, recostando su cabeza en mis huecos.
Hoy la estatua ha llorado y he leído en los ojos rasgados que el nervio ha cargado con municiones sus gestos y su tono,
porque sus hijas, las del sol naciente, no son prioridad a la hora de alimentar al pueblo.
Porque sus hijas, las del sol naciente, no tienen entre las piernas bolas de papel que incendiar, sino hojas afiladas del más puro material.
Y lo medito y reflexiono, intento calmarme y no puedo.
El agua de mi espalda se desborda y me parte el tronco en dos.
La cuchilla del teclado ha abierto un par de ojos en el pliegue que va desde el dedo corazón de mi mano derecha, hasta la muñeca.
Me quemo y de nada sirve,
mi impotencia vomita agua sucia.
A miles de kilómetros se resucitan y lamen restos deshechos.
Se revalorizan los escombros en bolsa.
Y mientras,
ellas
sus niñas:
las hijas del sol naciente,
crecen sin leche.
Y mientras,
él,
el padre:
es una esfinge de piedra
convertida en polvo.
Y mientras,
yo:
la extranjera,
siento como se inunda mi alma.
SK
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